La entrega es total no parcial

                                               

Mr 10:21 Entonces Jesús, mirándole, le amó, y le dijo: Una cosa te falta: anda, vende todo lo que tienes, y dalo a los pobres, y tendrás tesoro el cielo; y ven, sígueme, tomando tu cruz.

Era un  tipazo joven, rico y cumplidor de los mandamientos del Señor, por esto quizá haya sido rico. Pues la obediencia a ellos se acompaña de justa retribución. Pero sabiéndose justo sentía un estorbo que le impedía crecer más, y en la sinceridad de su inquietud por crecer en santidad llega de rodillas ante el Señor para que le revele. Todo esto lo vio Cristo en él, su obediencia, su deseo de alcanzar la vida eterna y su rendición   ante  quien sabía que se la podía dar. Y como el cumplimiento de la ley parecía no estorbarle para escribirla, al preguntar qué mas le faltaba, le mostró el obstáculo de su alma para alcanzar su anhelo: Despojarse de todas sus riquezas, y no solo  una vez, pues a ellas tendría que renunciar todo el resto de sus días al decirle que tomara su cruz, en donde se niega la voluntad propia sentenciando la vida de este mundo a muerte para seguir al Señor, y se hace su voluntad en donde se sentencia la muerte del alma esclava a la vida eterna.

 

Seguir a Cristo requiere de una entrega total, y lo que ocultemos bajo el cobijo del amor al mundo, el que escudriña los corazones lo puede mostrar, para que no solamente seamos hacedores de lo bueno sino que no tengamos nada, aunque sea bueno, en distinto lugar al que le corresponde en nuestro corazón. Y se alejó tan rico como llegó pero más pobre que nunca, y como el tipazo este, podemos alejarnos tristes por no crecer hasta las alturas que quisiéramos, pero porque estamos indispuestos a abandonar aquello que nos deja en las mediocridades de conformarnos con la salvación, con tal de que no se nos quite el ídolo que  en nuestro corazón guardamos. Triste mediocridad de no conocer y valorar las riquezas que hay después de la cruz, cien veces más en este siglo y en el venidero de la vida eterna, pues quien lo hace pone  los ojos, no en la muerte de abandonar lo que nos estorba y valorar lo que se pierde, sino en la  verdadera vida que hay delante de ella, acurrucados para siempre en el seno del que se sienta en el trono de toda grandeza de gozo, riquezas y bendiciones inescrutables.

 

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